EL LATIR DESOLADOR DE LA GUERRA. Poesía árabe femenina
La poesía árabe femenina no surge en el vacío. Tiene raíces profundas que se remontan a las grandes voces preislámicas y clásicas, a las poetisas que cantaron la elegía, el amor y la pérdida en los albores de la tradición árabe. Sin embargo, en los siglos XX y XXI, esta voz ha adquirido una intensidad distinta: la de quienes escriben desde territorios frag-mentados por guerras sucesivas, dictaduras, ocupaciones, desplazamientos forzados y fracturas identitarias. Las autoras reunidas en este volumen pertenecen a generaciones que han crecido bajo la sombra del conflicto permanente, pero también bajo el impulso de una modernidad literaria que ha trans-formado la forma del poema, liberándolo de métricas tradicionales y abriendo paso al verso libre, a la prosa poética y a estructuras híbridas donde lo íntimo y lo social dialogan sin jerarquías.
Esta antología revela también un arco generacional que va desde poetas nacidas en los años sesenta hasta voces nacidas en el nuevo milenio. En esa amplitud temporal se percibe una continuidad y, al mismo tiempo, una transformación: cambia el tono, cambian los recursos formales, pero persiste la necesidad de nombrar lo innombrable. Cada generación parte de una herida y la reescribe con su propio lenguaje.
Y hay, además, un elemento fundamental: la traducción. Traducir estas voces al español no es un ejercicio técnico, sino un acto de hospitalidad. Es permitir que estas palabras crucen fronteras lingüísticas y culturales para dialogar con otros lectores, otras memorias, otros dolores. La traducción no elimina la distancia; la hace fértil.
Este libro no es solo una antología. Es una respiración colectiva. Un archivo de latidos que se niegan a extinguirse bajo el estruendo de la guerra. En sus páginas, la poesía no aparece como ornamento ni como ejercicio estético aislado del mundo, sino como acto de resistencia, como refugio y como testimonio. Aquí, la palabra se convierte en hogar cuando la casa ha sido demolida; en madre cuando la madre ha sido enterrada; en patria cuando la patria ha sido cercada por alambres, misiles y fronteras.
Desde Palestina hasta Irak, desde Siria hasta los múltiples exilios que cruzan Europa y el mundo árabe, estas poetas escriben con una conciencia aguda del tiempo histórico que les ha tocado habitar. No escriben desde la distancia cómoda de la contemplación, sino desde el centro mismo de la fractura. Sus versos nacen entre escombros, hospitales, campos de desplazados, habitaciones solitarias, cafés cerrados y ciudades mutiladas. Pero, aun así –o precisamente por ello–, en sus poemas persiste una obstinada afirmación de la vida.
La poesía árabe femenina contemporánea, representada en esta selección, no es un bloque homogéneo ni una sola tonalidad. Es un coro plural, atravesado por generaciones distintas, experiencias diversas y miradas singulares. Sin embargo, hay un pulso común que atraviesa todas estas voces: la conciencia de que el cuerpo femenino es también territorio de disputa, archivo de memoria y espacio social.
En las poetas palestinas reunidas aquí, el poema se sitúa en la tensión constante entre el deseo íntimo y la devastación colectiva. La casa, el pan, los gatos bajo el sol, el amor que llega demasiado tarde, los hijos arrojados al mar, las oraciones bajo el bombardeo: todo lo cotidiano se convierte en escenario de amenaza y, al mismo tiempo, en afirmación de humanidad. En ellas, la guerra no es una noticia lejana: es una vibración que altera la respiración, que transforma cada salida de casa en un riesgo y cada regreso en un milagro provisional.
En las voces iraquíes, la guerra aparece como una amante cruel que seduce y devora, como una maquinaria que multiplica la sal sobre la tierra y convierte a las madres en guardianas de tumbas invisibles. Aquí la patria no es un concepto abstracto, sino un cuerpo herido, una promesa traicionada, un rey arrogante que exige sacrificios interminables. Sin embargo, incluso en la ironía más feroz y en la imagen más descarnada, estas poetas sostienen la dignidad de la memoria. Las poetas sirias, escriben desde la experiencia del exilio, de la fractura, del regreso imposible. En sus textos, la maleta se convierte en metáfora del corazón; la casa abandonada respira polvo; la herida conserva el mismo idioma, aunque cambien los paisajes. El exilio no es solo desplazamiento geográfico: es una reconfiguración del yo, una conversación permanente con la ausencia. Pero reducir esta antología al tema de la guerra sería simplificarla. Lo que estas autoras nos entregan no es únicamente la crónica del desastre, sino una profunda exploración del ser femenino en contextos de violencia estructural. El amor, la maternidad, la sexualidad, la soledad, el deseo, la fe, la blasfemia, la ironía y el absurdo conviven en estos textos con una libertad que desborda cualquier estereotipo sobre «la mujer árabe».
Aquí encontramos mujeres que rezan mientras protegen a sus hijos del misil; mujeres que desean un cuerpo que las acompañe en la cama fría; mujeres que se permiten imaginar el fin de todas las madres para borrar la herencia del dolor; mujeres que se enfrentan a Dios con preguntas incómodas; mujeres que se ríen del mundo, que desafían a la muerte, que reclaman su parte en la ola.
La fuerza de esta poesía radica también en su lenguaje. No es retórica grandilocuente ni proclama vacía. Es un lenguaje que alterna lo simbólico con lo doméstico, lo mítico con lo cotidiano, lo sagrado con lo carnal. La mariposa, la sal, el pan, el sudario, el café, el balcón, la lámpara, la venda, la maleta: objetos aparentemente simples se cargan de una densidad emocional que transforma la experiencia individual en experiencia colectiva.
Esta antología pone en evidencia que la poesía árabe femenina contemporánea no es marginal ni secundaria dentro de la tradición literaria. Es central. Es necesaria. Es un espacio donde se reconstruyen genealogías, donde se cuestionan jerarquías patriarcales y donde la palabra se convierte en territorio de soberanía íntima.
Además, estas autoras escriben sabiendo que su voz no solo dialoga con su comunidad inmediata, sino con una tradición literaria extensa que atraviesa siglos. En sus textos resuenan ecos de la poesía clásica árabe, del misticismo, de la elegía, del canto amoroso, pero también del modernismo, y de las corrientes contemporáneas que han transformado la lírica en el mundo entero. No hay aquí ruptura con la tradición, sino relectura crítica y reapropiación.
Leer este libro es aceptar una invitación incómoda. No es posible recorrer sus páginas sin sentir el peso de las pérdidas, sin escuchar el eco de los nombres que ya no están. Pero tampoco es posible cerrarlo sin experimentar una forma distinta de esperanza: la que nace no de la negación del dolor, sino de su confrontación directa.
Estas poetas no nos ofrecen consuelo fácil. Nos ofrecen verdad. Y la verdad, en tiempos de propaganda y desinformación, es un acto radical. Cuando una de ellas escribe que las noticias urgentes ya no tienen religión, o que Dios puede convertirse en agente doble en la guerra, está desmontando discursos oficiales y revelando la complejidad moral de su tiempo.
El lector encontrará aquí madres que arrullan hijos vivos y muertos; mujeres que sostienen el pasado por sus extremos para que no se desmorone; niñas que crecieron en tumbas; exiliadas que acomodan su corazón como un calcetín gastado dentro de una maleta. Encontrará también humor, erotismo, ternura y una obstinada capacidad de asombro frente al mundo.
Este libro es, en definitiva, un archivo de supervivencia. Cada poema es una prueba de que, incluso bajo el asedio, la imaginación sigue siendo sagrada; de que la palabra puede volar cuando el cuerpo está cercado; de que la memoria, aunque duela, es una forma de resistencia.
Que estas páginas sirvan no solo como lectura, sino como escucha. Que cada voz aquí reunida sea leída en su singularidad y en su potencia colectiva. Y que, al cerrar el libro, comprendamos que la poesía –lejos de ser un lujo– es una necesidad vital cuando todo lo demás parece derrumbarse. Porque mientras exista alguien que escriba desde el centro del fuego, la historia no podrá reducirse al silencio.
Y no concluiré mi breve prólogo aquí sin mencionar la presencia de mi amiga, la poeta española Cecilia Álvarez, en cada etapa de la traducción y del proceso contenido –en la corrección, las observaciones, la crítica, la apreciación y las advertencias–, lo que hizo que la antología saliera con esta magnífica forma, tanto poética como lingüísticamente.
Abdul Hadi Sadoun
(Madrid en febrero de 2026)
Foto Dibujo de Kareem Sadoon
Abdul Hadi Sadoun (Bagdad, 1968). Escritor e hispanista iraquí. Es profesor de lengua y literatura árabes en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Es autor de una larga lista de libros, tanto en árabe como en castellano, entre sus últimas publicaciones se destacan: Siempre Todavía (2010), Campos del extraño (2011), Memorias de un perro iraquí (2016), Todos escriben sobre el amor menos tú (2018), Informe sobre el robo (2020), Sencillo equilibrio (2022), País portátil (2023), y Diván Trasmoz (2024). Es editor de las siguientes Antologías de poesía iraquí en lengua española: La Maldición de Gilgamesh, Antología de poesía iraquí contemporánea (2004). A las orillas del Tigris, Antología de poesía iraquí contemporánea (2005). Otros mesopotámicos raros, Antología de poesía iraquí contemporánea (2009), Y No son versos lo que escribo: Breve antología del canto popular de la mujer iraquí, (2018). También es autor de los siguientes libros de ensayo; El canto y la herida: Aproximación a la poesía popular de la mujer iraquí (2020), y Compañeras de Enheduana: Poetas árabes clásicas (2021). Ha traducido del español al árabe más de 40 libros de autores como Cervantes, Antonio Machado, Lorca, Borges, Alberti, Bécquer o Javier Marías.
Nidaa Younis (1977). Poeta, investigadora y tra-ductora palestina. Ha publicado siete colecciones de poesía, incluyendo Ser más (2014), Solo eso (2022) y Celebración de la nada (2024). Su obra combina compromiso cultural, reflexión poética y exploración de la experiencia femenina árabe. Participa activamente en la promoción de la poesía árabe contemporánea y en la difusión de voces femeninas en literatura.
El dermatólogo me aconseja paciencia;
el vendedor de café en la esquina, bajo el sol;
y la mujer que, habiendo perdido la razón
por el duelo,
cobra cordura, como los demás,
cuando el dolor ajeno no la alcanza.
La ciudad que asoma la cabeza
para recuperar con dos manos amputadas
los restos que Dios dividió al viento y al tiempo.
El carpintero que promete reparaciones,
reemplazando tus tablas como si fueras el
barco de Teseo,
sin prestar atención al debate filosófico
sobre si el barco sigue siendo el mismo
después de todo eso.
Mi vecina que usa más tintes que palabras,
más dulces que arroz,
y productos para el cuidado de la edad,
donde la supervivencia parece posible.
La señora que limpia la casa como si fuera la
primera vez,
que saca la ropa interior de debajo de la cama
como si realizara un rito sagrado,
y espolvorea sal sobre su hombro
para alejar la envidia
y la mala suerte.
Y mi amado que está en la fila para el pan,
sigo mi deseo y luego busco
un analgésico local
mientras me ocupo de los gatos que tiraron allí
bajo el sol.
Maya Abu al-Hayyat (1980). Novelista, poeta, narradora y traductora palestina nacida en Beirut y actualmente vive en Jerusalén. Ha publicado tres novelas y tres poemarios, y su obra ha recibido reconocimiento internacional. Ha trabajado como actriz y dirigió el taller Palestina para la Escritura. Entre sus libros se destacan Lo que dijo sobre él (2007) y Esa sonrisa… ese corazón (2012).
¿Qué hacemos con los secretos que no se
revelaron
cuando todavía eran secretos,
con los cadáveres amontonados en nuestros
corazones
antes de pudrirse por completo,
por el desbordamiento de felicidad en sonrisas
que el espejo no reflejaba?
Con tu amor que siempre llega
después de que el amor termina,
con la reconciliación
después de la muerte de los adversarios fieles,
después de que se encuentran las razones.
¿Qué hacemos con los caminos
cuando desaparece el destino,
con las manos
cuando se descubren los labios?
¿Qué hacemos… con todo lo que sucede
ahora?
Cada salida de la casa
es un intento de suicidio
y cada regreso, un fracaso
y yo temo no regresar.
Temo la explosión de los coches incendiados,
la imprudencia de los soldados,
temo la intolerancia de los adolescentes,
el sueño del conductor del camión,
y encontrar lo que buscaba.
Quiero volver a casa entera,
pero dejo un trozo de pan en el camino.
Así continúo saliendo y regresando,
hasta que las aves
se coman todo mi pan.
Colette Abu Hussein (1980-2018). Poeta nació en Kuwait, de padres palestinos, y creció entre Zarqa y Ammán (Jordania). No publicó libros de poesía, pero difundió su obra a través de medios digitales y periódicos. Su poesía refleja una voz intensa y crítica, marcada por el dolor, la desolación y la complejidad de las relaciones humanas y sociales en el contexto palestino.
Mi corazón es una fosa común, amados
míos,
y mis relaciones con ustedes, simples
crímenes.
Observo la lluvia desde una ventana pequeña
que da a la nada, a nadie.
La lluvia trae pequeños demonios,
pequeños demonios que hurgan en mis
enfermedades,
rebeldes al Prozac y al Zanex.
Reordeno mis nudos negros.
Pienso en lo cómodo que sería el mundo
para mí
si murieran todas las madres,
las madres de los otros, y quedáramos todos
huérfanos y afligidos.
Cómo sería el mundo, un campo blanco y
limpio,
si raptara a todos los recién nacidos
y los encerrara en un bosque,
dejando a todos estériles, sin hijos…
La escena sería hermosa
mientras pongo a todos mis amigos en una
jaula de hierro
y los observo con alegría mientras se devoran
entre sí.
Luego entierro a los seres queridos en fosas
comunes
y duermo…
Me envuelvo en mis nudos y en la oscuridad,
y duermo como una vieja bruja.
Aún no he decidido
si cortarme los antebrazos
o suicidarme con una sobredosis
de cualquier pastilla sedante caducada
que no he tomado desde hace un año.
Tagrid Abdul Aal (1984). Escritora, poeta e ilustradora palestina residente en Líbano. Ha publicado dos libros destacados: Balcón Inclinado (2013) y A la Hora Exacta del Miedo (2010). Es autora de literatura infantil, combinando ilustración y palabra para niños. Su obra aborda memoria, dolor y experiencias de la vida palestina desde una perspectiva íntima.
Los ojos no lo conocieron
hasta que la alegría lo tomó por una mascota
que iba a ir al hilo que cuelga de la noche
y jugar un poco con él
o salir del armario
y revolver tus cosas.
Pero cuando llegó
no lo reconociste bien
estabas ocupado saltando
como una mascota.
En la pequeña tela que tejieron tus miradas
el dolor también teñía sus hilos,
ahora que la sostienes,
¿Qué ves
sino la casa de la mariposa que ya no está?
En una mesita
pongo las cosas que una vez saltaron de mi
memoria,
y no veo tu rostro
quizás vino de allá,
el día que imaginamos que los acontecimientos
debían pasar rápido.
De repente la noche
se convierte en otra persona,
y así también
el camino
cambia el reflejo de sus paisajes
pero queda su imagen que olvidamos
de pie
viendo.
Asmaa Azaizeh (1985). Poeta y escritora palestina nacida en Daburiyya y residente en Haifa, licenciada en Literatura Inglesa y Periodismo. Autora de cuatro libros de poesía, incluyendo Liwa (2011) y El cuerpo que una vez escalé (2022), con obras traducidas a varios idiomas. Ganadora del premio al joven escritor en poesía de la Fundación Abdul Mohsen Al-Qattan (2010). Fundadora del proyecto Fanaa Al-Sha’r, promoviendo el intercambio cultural palestino-alemán y antologías poéticas internacionales:
Murió la pantalla de televisión, amigos míos.
Las noticias urgentes que dejaron atrás
Fueron tan urgentes que entraron en mi
habitación sin llamar
Y yo, por naturaleza, no me gustan esos
tipos de visitas
Desde entonces, me he convertido en una
vampira, chupando la sangre de ella,
la envuelvo con un papel de tabaco a la hora
del almuerzo
antes de cenar sobre la carne de mi ingenua
idea de la humanidad.
Cuando los verdugos del coliseo
eran solo una idea cinematográfica,
los incendiarios de hornos nazis
solo una línea rellena en un capítulo de
historia que estudiaría,
las víctimas del harakiri
solo una fantasía en la imaginación
de novelistas japoneses contemporáneos,
Durante los anuncios, solía desgarrar la
garganta del presentador
antes de partir mi risa en dos mitades.
Las medias risas se parecen al llanto.
Y decidí no llorar después de que el amor
desgarrara mi corazón
y maldije a las noticias como si fueran mi
religión.
Las noticias urgentes no tienen religión
Y yo sigo la religión de la música.
La voz de Diego el Cigala
me recuerda a funerales en los que no participé.
La música persa, sin metáforas, me enseña
el arte del lamento.
Fairuz envuelve cadáveres desconocidos
mientras canta:
«Se fueron como un sueño, se fueron».
Después de romper los ceros en el conteo de
muertos,
esculpí con cinceles los cerrojos de mi
imaginación, y me fui con ellos.
Revelé millones de fotos en la oscuridad de
mi corazón partido,
donde vuelan mariposas de sus costillas
cuando se enamoran,
su agua salada se desborda cuando extrañan
a sus madres,
se convierte en una cebolla quemada
cuando extrañan sus mesas.
Así fabriqué noticias suficientes para la muerte.
Mis sueños se convirtieron en agencia de
noticias,
y mis mañanas lujosas en periodistas furiosos
que olfatean heridas debajo de las puertas
y oyen susurros débiles en los poros de sus
pieles.
Las noticias se vuelven una sola noticia:
el asesinato, la tortura, el ahogo,
todos son hijos del mismo gen de un solo
hombre.
Amigos míos en el exilio,
nadie me enseñó a fabricar noticias de vida.
Sus noticias llegan despacio, llaman a la
puerta como un invitado ligero.
Y yo imaginaré su toque como el picoteo de
una paloma en la ventana,
y me quedaré acostada en mi cama,
escuchando a Diego y Fairuz al mismo
tiempo,
imaginándolos en un mismo escenario, en
un mismo sudario.
Los recuerdos ilusorios que creé sobre sus
vidas pasadas
son como las mentiras de los poemas sinceros.
Los traigo como un actor que muere en la
obra
y es seguido por el público hasta el cementerio,
como un guionista viejo que duerme
en la cama de sus personajes y les prepara el
desayuno,
como la flor de la canción que rompe sus alas,
como las voces que cantaron y luego callaron,
como sus poemas incitados.
Sus versos derriban puertas como noticias de
urgencia.
Al nombrar las capitales de Europa, las
sepulta en sus sótanos;
allí donde el estío se extingue,
donde mueren los conjuros maternos contra
el mal de ojo y los genios,
y ante ustedes, la arena del coliseo reclama
su presencia.
38Me refugio en sus poemas del mal que se ha
esparcido en la tierra
y del mal de los conductores nocturnos y
diurnos.
Pero los hechizos bajo el bombardeo, y los
conductores abren los sótanos
y arrastran sus recuerdos al corazón de la
arena.
Amigos míos en el exilio,
cuando comience el juego, dennos noticias
urgentes.
Dalia Taha (1986). Es una poeta y dramaturga palestina nacida en Berlín y criada en Ramala. Ha publicado un libro de poesía y cuatro obras de teatro. Su trabajo explora el dolor personal y colectivo ligado a la realidad palestina.
Cuando nació mi hijo
lo llamé Hijo
del barco
Era como el mar,
azul,
y de su boca salía
espuma blanca.
Cuando lo arrojamos al mar
flotó tras nuestro barco durante cinco días.
Por la noche parecía
un casco de soldado.
Desde que me quitaron la venda del rostro
y me devolvieron a casa,
todos los días mi madre
me lleva al hospital
y les pregunta
cuándo
debe quitarme la venda
negra del rostro.
Mi madre me contó
que me vio cuando puse
dos piedras
en lugar de los ojos de mi hermano.
Me dijo que no se enojó conmigo,
y que mi hermano
nos mira todos los días
desde el cielo
con dos ojos
de piedra.
Amina Abu Safat (1988). Poeta originaria de Nablus. Licenciada en Psicología y con maestría en Sociología. Su obra lírica explora dolor, memoria e identidad, fusionando lo personal y lo colectivo. Entre sus poemarios destacados: Tiro del pasado desde sus extremos, Espero los días desde su inicio, Una libertad engañosa como la tranquilidad.
Que las fracturas que sanaron
y los restos de cal en mis dientes sean mi
historia.
Regresaré del umbral del olvido con un
retorno hábil,
sin una sola palabra que lo revele.
Y me quedaré en las piedras como un sello
precioso.
Vine de un fallo en la estructura,
de un estado difícil de probar.
Vine… del cine de las grietas,
de las fisuras que siguen creciendo en las
paredes,
sin llegar a atravesarlas.
Me siento frente a ellas medio día, vacías,
y de repente comprendo
que
las sigo.
•
No alcanzo para llenar una ola con vigor,
pero la traigo desde la más pequeña de sus
causas,
y la derribo.
Me asenté en la cima de una montaña
plantada con sombras calientes,
de hombres que no conozco,
y de árboles antiguos
que viven en todo lo que excavo,
ya sean agujeros o zanjas,
me hablan en secreto sobre la caída,
sobre caer abundantemente.
¡Oh cumbres… cuando satisfacen deseos,
insisten en que vuele
con un sentimiento que quizá no sea noble,
pero
me prepara.
•
Quiero una claridad alta para traducir la
sangre,
decirla con la precisión del pinchazo y el
objetivo de las agujas.
Qué cargadas y misteriosas se ven las
sangres,
aunque ocultan todo lo que siento.
Con ella fijaré tiempos a los que regresaré
cada vez que necesite encenderme.
Agarro el pasado con sus bordes
para que se mantenga válido
cada vez que me cuesta
contarlo como broma.
•
En tu puerta hay una canción imposible,
que señala a los que se van hacia su regreso.
La repiten en silencio los que no esperan
cantar,
y la reconoces por la lenta pasada en sus ojos,
enseñando a cada uno que llega
cómo partir,
sin buscarlo,
como el agua que fluye alejándose,
porque es parte de su naturaleza…
Con paciencia, quién sabe, toma mi mano,
recupera el pulso de sus restos,
de sus lugares más difíciles,
o lo envía lejos, muy lejos,
hasta hacerlo difícil de seguir.
Entonces, tú aún eras
un brillo perdido en mis ojos
y una melodía lejana en mi llamada.
Lo digo sin darme cuenta,
las montañas te guían hacia ella
para que seas más profunda,
y los caminos cada vez más pendientes.
Entregué toda pista que me llevó a ti,
y Dios la fijó con gracia en la creación:
el rubor del calor en tu rostro
y el aguijón frío de la juventud en la
mañana.
•
Vi cómo las espigas abren heridas,
hambrientas y derrotadas,
y cómo los dedos ciegos señalan
de una sola manera
al asesino y sus víctimas.
Y mi pecho espera lo que venga, anticipando:
si es mi muerte, con valentía,
y si es mi amado, con la llegada.
Vi cómo la luz decisiva se rompe en el polvo,
y cómo el universo extendido se lanza con
fuerza en sus menores fragmentos.
Miro,
miro la huella de escribir sobre un cielo claro,
aunque no sirva de esperanza ni deseo,
y cómo la mariposa de alas delicadas
dejó en vano sus batallas en mi puño.
Heba Saleh Abu Nada (1991-2023). Escritora y poeta palestina originaria de Beit Jirja, residente en Gaza. Licenciada en Bioquímica por la Universidad Al-Azhar de Gaza, trabajó en educación infantil en el centro «Rusul». Autora de la novela El oxígeno no es para los muertos (2017) y participante en antologías como El alfabeto del último encierro y Poeta de Gaza. Su obra refleja la lucha por la justicia y la libertad, combinando experiencia personal y compromiso político. Fue asesinada en octubre de 2023 durante la ofensiva militar israelí en Gaza, siendo recordada como voz valiente y auténtica de la resistencia.
Si crees que te mencioné
aunque sea una vez,
te he olvidado en el poema
mil veces.
En el segmento sonoro
del largo silencio,
donde los sentidos no encuentran
ni boca ni mirada.
Y allí, en la cabaña del olvido,
sobre las diminutas fibras
de la alfombra erizada,
en la habitación del olvido,
donde el sol no se acerca
a la herrumbre de las camas,
y sobre las norias construidas
sobre ríos de desvanecimiento
continuo.
Como si hubieran limpiado los palmerales
y lo que queda en las profundidades
es el alma de un dátil.
El diluvio de los nombres pasó
bajo mis plumas y no quedó
ni una gota pegada a ellos.
Las praderas del anhelo surgieron,
no destellaron ni un segundo,
ni relinchó hacia ti
la sombra de un potro.
Doblo los caminos de los ausentes
y no te busco en ellos,
ni siquiera como un tropiezo.
En la calle de la ternura, nunca
los recuerdos extienden la mano
por agua ni por un pedazo pan
de las palabras allí
que se volvió seco,
y el amor, en el guiño de la memoria,
lo cuenta hasta diez.
50Despojé mi memoria,
y comencé a tejer de nuevo
para el corazón niño
un abrigo.
Y desollé la henna de la nostalgia,
para que dos manos den a luz
una luz virgen.
Después de que mis heridas maduraron
con sorpresa, y la rosa para mí
es como brasas, pura rojez.
Después de que mis medidas se completaron
con ella, ya no visto un sueño pequeño
mientras mi alma es una galaxia.
Después de que entendí que mi imaginación
es sagrada en sí misma,
no podrás penetrarla,
ni siquiera como idea.
No hago dulces para olvidar,
pues la comida amarga es más fuerte,
y el poema
sigue siendo amargo.
Esto porque mi profecía dijo: alcanzaré
la sabiduría del barro,
no lloraré por una vasija rota.
Mi espalda –aunque no digo que la rompí–
pero algo a través de ti
quiso romperla.
Ahora mis alas, que me dolieron,
en el cielo del ímpetu
vuelan libres.