La escalera de harina
Hay escaleras que se suben con los pies. Y hay otras que se suben con la memoria.
En La escalera de harina, la vida aparece como un camino blanco y frágil donde cada paso deja una huella que el viento puede borrar. La voz que recorre estos poemas avanza descalza, atravesando habitaciones, estaciones, jardines, hospitales y recuerdos, como si cada peldaño fuese una escena de la vida detenida un instante antes de desaparecer.
Entre abrigos olvidados, zapatos perdidos, ventanas abiertas y tazas de café que se enfrían en la mesa, lo cotidiano se Vuelve revelación. Los objetos guardan la respiración de quienes los tocaron y la memoria se levanta, leve como el polvo de harina, para nombrar lo que el tiempo intenta borrar.
Amor, enfermedad, infancia y despedida se entrelazan en estos poemas con una delicadeza luminosa.
A veces el amor respira en la habitación de al lado; otras veces regresa como una nube, como una pluma que cae en el jardín, como una voz que aún se escucha en el silencio.
Este libro es una ascensión lenta por la memoria y también un descenso hacia lo más íntimo: allí donde habitan las palabras no dichas, los gestos pequeños, las vidas compartidas. Peldaño a peldaño, los poemas suben y bajan por esa escalera invisible donde la vida se vuelve transparente.
Y en medio de esa fragilidad –como harina suspendida en el aire– permanece algo que no se borra: la persistencia del amor, la esperanza callada, la vida misma defendiendo su luz.
María José Sáenz
Foto: Roberto Villalón
Todo lo que extraño de mí está en ti, descubro
palabras en tu boca que son mías
verbos que dejé suspendidos en la infancia
voces olvidadas, transparentes, que tú dices.
Eres ese oscuro azul que sueña en mí, que
dice lo que no digo y responde lo que no sé.
Mano que toca mi mano y entonces son una.
Estás en mi sueño cuando duermo y tú duermes
espejo de cristal que me refleja
te desconozco y conozco como a mí misma.
Eres, amor, esa parte oscura que no sé de mí.
Sonó el reloj, las doce son.
Llegó el momento de descoser el botón.
Llegó el instante de hilvanar otro adiós.
Sonó el reloj, las doce ya no son.
Vivo ya, largo tiempo, entre la tierra y el cielo.
Vives ya, tiempo largo, entre el cielo y la tierra.
En algún momento volamos y nos encontramos.
Apoyo el paso del tiempo en este báculo viejo
que fue capaz de abrir mar cuando joven
y luego del camino alzarse y cerrarlo de nuevo.
Largo fue el tiempo que me sostuvo, mientras
la piel desnuda, apresurada, buscaba la piel prometida.
A todos los amores vagantes del camino, erguido
les mostró la vuelta y el viento a seguir.
Apasionado peleó con mis muertos y fantasmas.
No me dejó morir ese báculo viejo que aún sostiene.
El tiempo pasado es ya serpentina de carretera.
Una libélula se ha posado en la cabeza, ya sólo
el reflejo del último río nos mira y nos contempla.
Soy el sueño de un cangrejo azul posado en tu piel.
Por sorpresa llegó la risa y llegó el olvido.
Alcanzo a verme en el espejo y te pregunto
si la vejez que tú viste en mí es acaso la mía.
Soy el sueño azul de un diminuto cangrejo fundido en
mi piel.
Hoy me convertí en una mujer triste,
suspendí mi boca en el mar de un café frío
renegrido surgió ese mar y tornose oscura la calle.
Tajé mis ojos y no vi lágrimas suicidas desde el cielo.
Voló una nube, sin forma, a la intemperie.
Voló el sueño de hacer vestido de camisa vieja.
Voló el tiempo que se fue del tiempo nuestro.
Hoy me convertí en una mujer tristemente sola.
29 de septiembre
Quise pensar que estabas bien, con tu viejo y largo
abrigo,
que aún el invierno del norte no te había tocado,
que envejecías como yo, lentos los dos y en paz,
amando sentados la voz que no fuimos.
Te pensé mientras Zagajewski hablaba de la suavidad.
Quise llorar, llorar entre la gente, pero no pude,
y entre esas gentes quise pensar que ya todo estaba bien.
Eran los gritos de la infancia, niños y niñas,
los que quebraban el silencio de la guerra.
Dolía la piel vieja y torcida como pan ácimo
transparente, ya sólo sueño en otra boca.
Dolía la maldad errante del sumido mundo
en la danza absurda de las pasiones
tierra quemada, maldita tierra prometida.
Aquí, entre los gritos bajo la luna cerrados,
blanco y mortal, el silencio era ya simple eco.
Delgado porque acababa de morderle la vejez
tozuda, cualquier suspiro otoñal se angostaba en la carne.
Fue cuando la historia se alió con la niebla
se hicieron carne, y todo fue ya siempre mentira.
Tú dejaste en mi mano el descubrimiento de la lentitud.
Era semejante a sí misma, era como
un reflejo casi absurdo de lo que fuera
nuevo, inocente, primerizo en el mundo.
Subordinada a sí misma quedaba sólo
prendida a la memoria, un espejo encantado.
Semejante a sí misma, pero no ella.
Veo la falda tornarse vuelo, mientras descalza
trepo ligera por esa escalera de harina.
Muda en la habitación, sin consuelo, cabe
sólo, quedamente, aplaudir el silencio.
Veo un efímero peldaño de harina blanca
vuela el pie derecho y espera desaparecer súbito
el izquierdo entre la nube que todo lo borra.
Sin zapatos, los dos pies se han vuelto transparentes.
Como una virgen nubosa, muchacha de la harina,
ligeros hilos de algodón, otros de seda clara
leve y bella, te vas volando como alada.
Subes, muchacha vieja de la harina, vas con mi vida
zurcida a la piel, también mi piel, y cansada
de mi copa una gota de vino dejo en el plato.
Veo cosas alojadas en la parada del bus,
un reloj en el sucio andén, un zapato
en el tendido sobre el viento suspendido,
el olor de un amor viejo que nunca fue nuevo
a punto de partir en el último, cansado tren.
Señales de este mundo que llevan al otro.
Atrapada entre lo que llega y lo que es.
Señales de otro mundo que llegan en bus.
Tübingen