Porque se domina el oleaje
Palabras previas
Porque se domina el oleaje.
Francisco Ferrer Lerín
Los caminos de la edición son inescrutables. Hace unos diez años una editorial me pidió hacer una antología general de la poesía de Francisco Ferrer Lerín. De ese encargo editorial surgió Porque se domina el oleaje, una antología bastante extensa de su obra, incluía fotografías, facsímiles, notas, inéditos, y era una muestra excelente de su lírica, sin embargo, cuando estaba a punto de ser publicada, los editores decidieron retirarse.
Unos años después apareció en Tusquets la obra completa de Ferrer Lerín hasta la fecha en Poesía reunida, (2023), un libro que recogía todo lo que había publicado a lo largo de seis décadas el autor barcelonés, por lo tanto, la antología Porque se domina el oleaje no tenía mucho sentido, debía esperar.
Pasó el tiempo, guardé la antología, sus notas, el prólogo, el índice onomástico de toda su producción lírica y la reduje considerablemente para hacerla más apetecible, menos académica. En Jaca, hablé con Trinidad Ruiz Marcellán que estaba dispuesta a publicar en su sello esta antología plenamente actual, a pesar de los pesares, ya que cobra vigencia debido al interés que despierta su obra en el panorama crítico contemporáneo, véase el interés de Lerín por parte de la crítica en Memoria de los sueños (Contrabando, 2025), donde se recogen los testimonios de una treintena de críticos ante la obra de Lerín.
El único requisito de Marcellán fue la brevedad, y de paso, recopilar lo menos conocido de la producción lírica de nuestro autor, y así se fraguó esta miniatura, este espejo que amplía, desde la brevedad, todos los universos posibles que encierra su poliédrica obra.
Por tanto, aparece esta nueva antología ahora, en el momento indicado, como una reducción de una reducción, y precisamente comparecen aquí aquellos textos más recónditos, o indómitos, los que se han leído menos en público y los que han disfrutado menos de la fortuna crítica leriniana, es decir, los poemas rarosde un poeta inclasificable que demuestra su actualidad y que Olifante da a la luz de manera tan cumplida, en un formato íntimo, casi urgente, intentando rastrear caminos poco explorados de la producción lírica general de Lerín, que nos descubre los poemas más experimentales, los más innovadores, aquellos que su público lector conoce menos.
Lo que se ofrece aquí es una cata, una decantación del líquido primero que conserva el sabor de la poesía leriniana.
Textos que han sido agrupados desde la actualidad hasta el mismo comienzo de su andadura lírica, esto es, una vuelta al origen, en un movimiento perpetuo, que nos lleva a descubrir los principios de su poesía, pasando por las obsesiones más destacadas de Lerín: las aves, los cuadros genealógicos, la experimentación, los hápax, el recuerdo y la ficción del recuerdo.
Sirven estos textos como testimonios de la escritura de Ferrer Lerín y para que, de paso, encontremos los restos luminiscentes que nos guiarán en el laberinto lírico en el que nos sumerge.
Cada cual encontrará su camino.
Disfruten del trayecto.
Joaquín Fabrellas
Cabo de Gata, Almería
Foto: Cati Cladera, basada en un retrato realizado por Antonio Erena
Un poema es el espacio en el que el aire queda atrapado
en el que se conserva el habla de las aves
y donde habita el gran rey de los desiertos
San Onofre sin duda
con la venia de Andrés de Claramonte.
Un poema es el espacio que no permite pensar en mí
sin pensar en él
que no permite expresiones como
vigilaré las obras
o este sitio no es seguro.
Un poema incomoda con la duda
a quien alimenta a las tórtolas turcas
a quien seduce incólume al emisario
a quien saluda al sargento engalanado
y a quien apacigua al gitano herbáceo.
Un poema es el conjunto de hombres displicentes
que ven en el mal ajeno un recurso recomendable
hombres displicentes diestros como nosotros
en el ejercicio de la muerte sobre las estólidas masas
ya que somos fieramente humanos
y nos bañamos en las aguas del desacuerdo
en la sangre de las citas a deshora
en la bibliofilia desaforada
y en el detalle áspero.
Yo era, por esencia, una contradicción,
fanático del sexo
y con vocación de enamorado
buscaba en los muslos heridas de sagapeno,
esa gomorresina leonada, fluctuante
árbol de Navidad, carestía,
Judío Errante, también los Trópicos,
y no aprendía a desatar las manos
aunque actuaba con un grado tan leve de atrocidad
que extrañaba hasta en Venado Tuerto.
Lascivo inválido, colocaba la lengua seborreica
en el jardín sombrío, por ignorancia,
también yo ignoraba el origen, mi apéndice indiscreto
reproducido, por el imbécil,
en la fuente de los siete anfibios rechonchos,
mi primo imbécil, enemigo
del lascivo inválido, escoria
de una familia menor, dirigida desde la torre
por Carrere tío abuelo que, como Esón,
quiso envenenarme con sangre de buey y,
al no conseguirlo,
rogó a mi padre que, nuevo Learco,
me cazara como a un venado tuerto.
Profesoras,
jóvenes rubicundas, colegialas,
católicas institutrices
ensartadas bajo el olmo, tiempos
en que el mosquito escritor
en la primavera procaz
aún no lo barrenaba, Cristo,
invocábamos a Cristo, abría
las puertas del Cielo, gozábamos,
ese lustro de esplendor, unos años
de esplendor,
de lujuria, carnaval, anarquía, libertad,
confundidos hoy por hoy,
mancillados hoy por hoy,
por la turba tropical,
qué habrá más tonto, Señor,
que un demócrata convencido.
Aparecías sin aparecer. No te veía pero sabía que eras tú quien
estaba allí. Era feliz sabiendo que compartías mi vida. Aunque
nunca fuéramos a convivir. Quizá eran los grandes problemas
familiares de los que se hablaba en voz baja y que no podías
desatender. O quizá la imposibilidad que tú conocías. Mi imposibilidad genésica que pese a todo te asustaba. O te apartaba
inconscientemente. Quiero decir que nunca hablábamos de ello.
Que no era algo importante. Que a nosotros no nos incumbía.
Que eran asuntos de otra clase de personas. Clase baja. Gente
de aluvión. Como la que se veía en los veranos. Y fue en esos
años cuando ya no quise publicar más. No sólo por las presentaciones y demás actos sociales. Es que me molestaba el hecho
mismo de que se divulgaran nuestras cosas. Porque entonces
todo lo que yo escribía era sobre ti. Era gracias a ti.
Una lorra
no evita siempre al humano
se sabe
autora de burlas provocantes a risa
porque
no hablamos de la zorra de carne
ni
siquiera
del gato de clavo
hablamos de quien festeja la piltrafa
en los meses de mayo y junio
de quien
como el esclavo puesto de continuo a la tortura
no está libre de cardenales.
—
–Amara Montoya Doblas: «No identifico el poema, ¿a qué
libro pertenece?».
–Ferrer Lerín: «No tiene libro aún; es un homenaje a ‘lorra’,
un hápax».
–Amara: «Ahora comprendo porque no aparecía «lorra» en mi
diccionario. Benditos hápax siempre fugitivos y solitarios».
–Lerín: «En el famoso opúsculo Sobre el animal cebra que se
criaba en España (1752) del Padre Sarmiento se dice que ‘los
Golpefares son sitios en que abundan de Lorras’».
Golpefares; golpejares; vulpejares; golpeja; vulpeja; vulpécula;
vulpes; raboso, a; raposo, a; zorro, a; lorra.
Golpejar de la Tercia
Se deriva del nombre latino ‘Vulpes’ = zorra, y su sufijo
abundancial. Es, por tanto, un poblado en cuyo término hay
abundancia de raposos. Uno de sus topónimos del monte se
llama, precisamente, ‘Las raposas’.
En la provincia de León existe otro Golpejar, en La Sobarriba.
León: Golpejar de la Tercia, Golpejar de la Sobarriba.
Salamanca: Golpejas, Golpejera.
La Coruña: Golpa, Golpilleiras–Cambre.
Lugo: Golpeiras, Golpilleira–Baleira, Golpilleira–Cospeito,
Golpilleira–Germade,
Golpilleiras–Abadín, Golpilleiras–Castro de Rey,
Golpilleiras–Fonsagrada.
Orense: Golpellás–Calvos de Randín, Golpellás–Paderne de
Allariz.
Madre estaba allí. Yo llegaba a la ciudad, de paso, y a veces no
la visitaba o dudaba en hacerlo caminando nervioso por aquel
barrio tan amplio y blanco. Y cuando entraba parecía que ella
acababa de llegar, de las compras, o qué sé yo, o es que sólo
estaba allí cuando yo venía. A veces pienso que madre era una
sombra, delgada, echada, como si reposara en el suelo. Al irme,
con voz casi inaudible, decía: «¿Y ahora, hasta cuándo?». Y al
alejarme no me giraba para ver si se asomaba al balcón. Quizá
se quedaba dentro de la casa, o salía y se iba lejos calle arriba,
o se desvanecía hasta que yo volviera.
No hay pasión mayor para los que amamos el desierto
que contemplar las nupcias de la abeja enana.
Otros, entre los que se cuentan capellanes, enfermeros
y sectores poco eficientes de lo más angosto del Protectorado
prefieren la cópula anodina de la mosca grillo y, los aún más
directos,
la higiene concienzuda de la filoxera clavo o la degeneración
venérea,
en sus partes blandas, del pseudoescorpión templado.
Al llegar a Erbala, un tenebrio dorsal acebrado fulmina de
cruel picadura
al negroide chófer de mi todo terreno, perdido
y sin rumbo, caigo al profundo barranco llamado La Esclava
donde
un mudo tropel de sanguijuelas grises
–Barbronia weberia–
caba con mi flujo sanguíneo
y con la ventura de seguir extasiado
ante el variado plantel de especies entómicas
del kavir nigeriano.